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domingo, 1 de abril de 2012
Beatriz Montero: El medio pollito.
Guille y Pablo: dos niños solidarios. Infantil y Primaria.
Aunque hace tiempo del terremoto de Haití, no conviene olvidarse de ellos.
Se acerca Diciembre; el día 14 es el cumpleaños de Pablo y pocos días después el de Guille. Desde hace tres meses llevan la cuenta de los días que les quedan para celebrarlo. Como cumplen años con dos semanas de diferencia, su mamá los celebra siempre juntos. Ya tiene las invitaciones y van a venir muchos niños.
Una noche, toda la familia está viendo la televisión; han salido unas imágenes espantosas de un terremoto que ha destruido Haití. Los niños no comprenden bien cómo un terremoto puede destruir toda una ciudad.
-Mamá, ¿eso puede pasar aquí también?-, pregunta Guillermo un poco asustado
-Sí hijo, sí. Por desgracia eso puede ocurrir en cualquier sitio, pero hay lugares más propicios para que sucedan esas catástrofes. Además, como en Haití hay mucha pobreza, las casas están mal construidas y se caen fácilmente.
Esa noche, todos se han acostado muy tristes pensando en la gente que estará en esos momentos sin hogar. Guille y Pablo, tienen un poco de miedo ¿Y si les ocurre eso a ellos?
Por la mañana su mamá, al levantarse ha hablado con los dos:
-Mirad niños, vuestro padre y yo hemos pensado, que puesto que enseguida van a venir los Reyes Magos y os van a traer muchos juguetes, debemos de compartir algo de lo que tenemos con los niños de Haití. Podríamos decir a vuestros amigos que, en lugar de compraros un regalo, el dinero que se van a gastar lo echen en una hucha que vamos a poner en medio de la fiesta y, todo lo que recojamos, lo enviaremos para ayudarles un poco. ¿Qué os parece?
Guille y Pablo han escuchado a su madre y no han puesto ninguna pega, les ha parecido bien. Su madre se ha sorprendido de la generosidad de sus hijos.
-Bueno, solo queda cambiar la invitación. Esta tarde escribiré una nota para que se la entreguéis a las mamás de vuestros amigos.
Mayca ha pensado en la carta que les va a dar y después de terminarla se la lee a sus hijos; ha quedado así:
-Queridas amigas:
Tanto mis hijos como yo, estamos todavía aturdidos ante la gran desgracia que hace unos días asoló Haití. ¡Hay tanta gente que se ha quedado sin nada y tantos niños a los que ayudar...!
Pienso en la suerte que tenemos y en que somos privilegiados. En realidad tenemos de todo y en exceso.
Quiero que mis hijos sean desprendidos y creo que hay que enseñarles desde pequeños a ayudar a los demás. Por eso cuando hablé con ellos de su cumpleaños, pensamos entre los tres, que este año no queríamos regalos, que lo mejor sería que lo que os vais a gastar en comprar un juguete, lo echéis en una hucha que vamos a poner en el lugar de la celebración. Luego Guille y Pablo lo entregaran a las monjas del colegio para que a su vez lo donen a la congregación que tienen en Haití. Creo que ellas sabrán emplearlo de forma adecuada.
Os lo agradecemos de corazón:
Familia de Guille y Pablo
A los dos niños les ha parecido muy bien.
Guille y Pablo han recogido 300 euros y, casi no han notado el sacrificio porque aunque no han tenido juguetes, han tenido fiesta y también tarta.
Al día siguiente del cumpleaños han entregado el dinero en el colegio y las profesoras les han felicitado por ser tan solidarios.
Otras mamás han copiado la idea porque les ha parecido que está muy bien eso de compartir, así que han enviado más dinero para ayudar a los niños haitianos.
Esos días, las profesoras han hablado en clase de la solidaridad pero ellos que son pequeños preguntan a su madre:
-Mamá, ¿qué es ser solidario?
Mayca se queda sorprendida porque Guille y Pablo son solidarios pero no lo saben.
-Hijos, ser solidario es ser generoso con los demás, como vosotros lo habéis sido con los niños de otro país.
-¡Ah! – Los dos se quedan callados pensando en lo que les ha dicho. Les parece que ser solidario es una cosa muy buena, así que están satisfechos de serlo.
Esta vez, Guille, además de ser uno de los personajes del cuento, es el ilustrador de esa bonita hucha.
viernes, 23 de marzo de 2012
Dibujos de los niños del colegio Alvar Fañez de Minaya inspirados en el cuento Pablo el niño que no tenía besos.
De vez en cuando, Gemi me sorprende enviándome correos tan bonitos como el véis aquí debajo. Solo el pensar que los niños de su clase se han emocionado escuchando mi cuento, me compensa del tiempo empleado en él. Muchas gracias a tí y a tus niños.
Correo enviado por Gema Saiz, profesora de Educación Infantil del colegio Alvar Fañez de Minaya.
Te mando una pequeña muestra de los dibujitos que han realizado mis peques tras leerles tu cuento de Pablo, el niño que no tenía besos. Les ha encantado (como siempre) no parpadeaban....es un cuento muy tierno y les ha llegado al corazón. Y han plasmado los besos en forma de corazones... todos para tí. Besitos
Jimena y María, vuestros dibujos me han gustado muchísimo. Gracias por habérmelos regalado
Un beso muy fuerte para toda la clase.
Correo enviado por Gema Saiz, profesora de Educación Infantil del colegio Alvar Fañez de Minaya.
Te mando una pequeña muestra de los dibujitos que han realizado mis peques tras leerles tu cuento de Pablo, el niño que no tenía besos. Les ha encantado (como siempre) no parpadeaban....es un cuento muy tierno y les ha llegado al corazón. Y han plasmado los besos en forma de corazones... todos para tí. Besitos
Jimena y María, vuestros dibujos me han gustado muchísimo. Gracias por habérmelos regalado
Un beso muy fuerte para toda la clase.
jueves, 22 de marzo de 2012
Vivaldi tiene una prima. Educación Infantil, 1er, y 2º Ciclo.
Vivaldi tiene una prima
que también se llama Vera,
siempre llegan a la vez
mi prima y su prima Vera.
Mi prima, en su maleta
carga colores y flores
lluvias, pájaros y soles
y deliciosos olores
La prima de Il Prete Rosso
en su precioso equipaje
lleva violines, corcheas,
claves de sol, si bemoles y sorprendentes sonidos
que te llenan de alegría
cuando empiezas a escuchar
su asombrosa melodía.
Los pájaros al oírla
despiertan de su pereza
y las flores nos enseñan
su delicada belleza.
¿Cuál de las dos es mejor?
¿Su prima o mi prima Vera?
Que no me den a elegir,
para mí sería un tormento.
Las dos las llevo tan dentro
que me podría morir,
de tanto y tanto sufrir.
Pensaréis que estoy loca, dos poesías en dos días. Cuando estaba escribiendo la primera poesía, se me quedaron algunas frases de Vivaldi sin colocar, así que he pensado dedicarle una a este músico tan grande.
Os aconsejo que si queréis escuchar el vídeo, esperéis a que termine la música del blog.
El dibujo es de Darío y Hugo.
miércoles, 21 de marzo de 2012
Terapia Alternativa; Educación Secundaria
Terapia alternativa
Alternative therapy
Terapia alternativa
Concepción García De las Bayonas Blánquez
Relato Finalista X Edición Premio Vida y Salud de
Relatos (modalidad absoluta).
I
Tumbada
en la cama, se preguntaba cómo había llegado a aquel estado; medio adormilada, como si
estuviese en un sueño permanente y, vigilada a todas horas por alguien de la
familia como había dicho el médico, se sentía abatida, indignada y triste. Solo
quería dormir; llevaba varias noches en las
que no podía conciliar el sueño porque el brazo le dolía mucho desde que
le habían extirpado todos los ganglios, a raíz de la aparición del cáncer de
pecho. Por eso decidió tomarse los suficientes orfidales como para dormir
veinticuatro horas seguidas; cuando llegaron sus hijos y vieron el tubo de
pastillas casi vacío, al lado de su
cama, se asustaron y llamaron a una ambulancia. Ahora tenía que soportar la
vergüenza de los interrogatorios de los médicos del hospital y después los de los psiquiatras de la Seguridad
Social.
No
tuvo la valentía de separarse hacía muchos años ¡Cómo iba a darles a sus padres
ese disgusto! Una hija divorciada no cabía en sus pensamientos y, además, su yerno… era tan bueno:-¡Que buen chico es Luís! Hay que ver la suerte que ha tenido la niña.
Nunca pensó en separarse mientras ellos vivían pero, ahora, no había nadie que se lo pudiese reprochar. Habían vivido fingiendo durante toda su vida, interpretando una obra teatral que se terminaba, cuando la puerta de su casa se cerraba detrás de ellos. No se había decidido antes, porque en el fondo, no había un motivo grande para dejar plantado a su marido; él no era mala persona, solo un poco apático; no le gustaba salir con amigos-casi no los tenía- ni ir al cine ni el teatro ni un concierto ni hacer nada apasionante que le hiciera soñar de vez en cuando, así que, un buen día sin saber cómo, dejó de quererlo, ¡se había aburrido demasiado durante muchos años! Ella se ahogaba poco a poco en una vida rutinaria, el trabajo en una oficina y su casa. Sí que le tenía que reprochar una cosa: era un poco avaro; le controlaba todos sus gastos y eso la ahogaba más todavía. Cuando Gloria cobraba la nómina, él la traspasaba a su cuenta y le daba un dinero semanal, como si fuera una niña pequeña. La gota que colmó el vaso fue una bronca que surgió por comprar un cupón de los ciegos; eso, según dijo él, podía desajustarles el presupuesto.
- ¡Hazle cara! Pregúntale que hace con el dinero que ganáis los dos –le aconsejaban sus amigas.
Estuvo mucho tiempo pensando en hacerlo hasta que un día se destapó la caja de Pandora. ¡Cómo era posible que la hubiese tenido engañada tanto tiempo a ella y a todo el mundo!
-Estás muy nerviosa, deberías ir a un psicólogo o a un psiquiatra, y le buscaba algún médico recomendado por un amigo y encima la acompañaba y, a veces, entraba con ella.
Se daba cuenta de que había tocado fondo y se decidió: tenía que separarse, no le quería a su lado.
Cuando se recuperó de aquella mala noche, le prepuso la separación. Él tardó en hacerse a la idea. Estaba muy a gusto en la casa y no había forma de que hiciese la maleta. Esa situación empeoró el estado de nervios de Gloria. Necesitaba armonía en su vida, después de salir de una operación de cáncer de pecho. La doctora le aconsejó que no era el momento de divorciarse, debía estar tranquila hasta que superase la quimioterapia, pero por fin habían terminado todas las sesiones y ella pensó que hasta ahí había aguantado. Por fin hicieron separación de bienes y ella se quedo con la vivienda de Madrid y él con el piso de la sierra, en dónde veraneaban. Parecía que poco a poco su vida se iba arreglando, pero tenía el alma rota en mil pedazos, así que visitaba a una psiquiatra que la tenía atiborrada a pastillas, que la mantenían el ánimo para seguir adelante.
II
Laura
estaba llenando el depósito de un Audi A3 en la gasolinera en donde trabajaba.
Estaba atenta a la manguera del carburante,
no le gustaba que se derramase ni una
sola gota de gasolina. Un coche entró en la estación de servicio y paró.
Ella no prestó atención en ese momento; todos los días llegaban a su gasolinera
decenas de ellos para reponer carburante.
El pasajero que había en la parte de atrás del vehículo abrió la puerta y, una
pelota cayó fuera del mismo. Inmediatamente una bola grande, peluda, de color
blanco y marrón, salió detrás de ella para cogerla y devolvérsela a su amo. Era lo que
le habían enseñado durante muchas horas de juego y adiestramiento: cuando la
pelota salía disparada, él tenía que correr, agarrarla con la boca y después, colocarla a los pies de la persona que se la había tirado,
luego esta le rascaba la cabeza
revolviéndole el pelo que tenía entre las orejas y le felicitaba por lo rápido
que se la había devuelto. Siempre era igual: pelota, carrera, pies del amo,
caricia; pelota carrera… ahora, algo no cuadraba. Su amo había olvidado cómo
terminaba el juego y arrancó el coche antes de que él regresara. Esta vez, su
dueño estaba jugando a un juego muy feo, que ni por un momento, el perro pensó que
podía existir y, a partir de ese instante, no quiso saber nada más de él. Inmediatamente,
Laura se dio cuenta de la jugada: habían abandonado otro cachorro y con este ya
iban cuatro en poco tiempo.-¡No, otra vez no! -dijo indignada, y salió corriendo detrás del vehículo durante unos metros hasta que se dio cuenta de que era inútil. El perro la miraba, con la pelota en la boca, totalmente desorientado; no sabía qué hacer. Al principio, el chucho siguió el rastro del coche, durante un rato, intentando alcanzarlo. Después, cuando perdió la esperanza de lograrlo, volvió dónde estaba ella. Ésta se compadeció del pobre perro; lo vio tan desamparado que se acercó a él y lo acarició para que se tranquilizase, le habló en voz baja y le puso un cacharro con agua, que el animal bebió con avidez. Esperó un rato para ver si los dueños del can volvían a por él, aunque en el fondo, sabía que eso casi nunca ocurría. Tenía recogidos otros tres perros que habían abandonado y no podía alimentar a otro más. El perro nuevo no estaba habituado a las peleas, era un perro de ciudad y siempre había estado viviendo dentro de un hogar, protegido por una familia, por eso cuando los otros le enseñaron los dientes, este agachó la cabeza y se marchó de allí. La dueña de la gasolinera lo vio deambular durante dos días con la pelota en la boca- era lo único que le unía al mundo que conocía-, no quería soltarla. El primer día, no sabía dónde dormir, necesitaba su cesta con su cojín. Estuvo buscando dos o tres sitios, en donde recostarse, hasta que agotado por el miedo y el cansancio se quedó dormido debajo de un coche que había aparcado cerca de aquel lugar. Laura tenía que buscar una solución para que no fuera atropellado o para que no ocasionase algún accidente cuando se cruzaba de un lado a otro de la carretera buscando a su amo. De repente le vino a la cabeza la persona que podría resolver el problema, pensó en alguien que seguro la socorrería. Por las noches escuchaba un programa casi a diario y sabía lo comprometida que estaba la locutora con el mundo de los animales; ella buscaría una solución. Cogió el teléfono decidida a contar el caso de este nuevo abandono y a pedir ayuda.
III
Gloria
esa noche como otras, estaba desvelada; le costaba mucho dormirse, por eso, cuando se despertaba de madrugada y empezaba a
repasar las últimas etapas de su vida, se espabilaba de tal forma
que ya no había posibilidad de conciliar el sueño. Aquella noche era una de
esas, así que conectó la radio y, sintonizó con una emisora que de vez en
cuando oía de madrugada. En ese momento, aunque
algo adormilada, pudo escuchar a Laura contar el caso del perro que
tenía medio recogido en su gasolinera, y, dijo medio recogido, porque el chucho
iba y venía a la misma, esperanzado en encontrar a sus antiguos dueños. Ella
acababa de exponer el problema:
-No puedo hacerme cargo de más animales. ¡Por favor! Si alguien necesita un perro que llame a esta emisora y ellos les darán mi dirección.
Inmediatamente desde el programa pensaron que lo mejor sería recogerlo y llevarlo a un sitio seguro, así que localizaron un refugio que estaba cercano a la gasolinera, para que fueran a buscarlo. Este centro estaba tan saturado, que dijeron que ya no podían dar cobijo a más animales porque no tenían medios económicos para mantenerlos; sin embargo la locutora del programa, tan solidaria y tan sensible con estas situaciones, habló por las ondas:
-Si
alguien que me esté oyendo necesita un animal de compañía, ahora es el
momento. Yo me comprometo a hacerme
cargo de todos los gastos y a acompañar a esta persona al refugio a recogerlo,
en el momento en que nos llamen diciendo que ya lo tienen en sus instalaciones.-No puedo hacerme cargo de más animales. ¡Por favor! Si alguien necesita un perro que llame a esta emisora y ellos les darán mi dirección.
Inmediatamente desde el programa pensaron que lo mejor sería recogerlo y llevarlo a un sitio seguro, así que localizaron un refugio que estaba cercano a la gasolinera, para que fueran a buscarlo. Este centro estaba tan saturado, que dijeron que ya no podían dar cobijo a más animales porque no tenían medios económicos para mantenerlos; sin embargo la locutora del programa, tan solidaria y tan sensible con estas situaciones, habló por las ondas:
Gloria todavía no se explica cómo pudo retener el teléfono que dijeron por la radio. Estuvo unos minutos recapacitando: sabía que sus hijos iban a poner el grito en el cielo, que dirían que estaba muy delicada y que tendría que madrugar todos los días para sacarlo.
-Mamá, con el frío que hace en Madrid en invierno, tendrás que salir todos los días aunque llueva o nieve.
Se imaginaba también que dirían que, con cuidar de sí misma ya tenía bastante pero, ella necesitaba algo, un aliciente que la hiciese levantarse con alegría por las mañanas y la obligase a mantenerse activa. Por otro lado hacía poco tiempo había leído unos estudios realizados por la Universidad de Alabama en los que decían que la compañía de un perro era más beneficiosa que una terapia psicológica y, que además, aumentaba la calidad de vida de su dueño sobre todo cuando eran mujeres que vivían solas. Estaba segura, esa llamada era para ella, por eso recordaba el teléfono y por eso esa noche estaba despierta. Marcó el nº que habían dado por la emisora:
-Ya tenemos una señora que se queda con el perro -oyeron todos los que en ese momento tenían sintonizado el programa. La alegría de la locutora se hizo patente por las ondas e inmediatamente pusieron en contacto a Laura con Gloria:
-¿Laura? Mire yo me quedo con él; en el momento que lo tengan en el refugio vamos a buscarlo.
-No sabe la alegría que me da. No se puede imaginar la cantidad de perros que abandonan todos los días en la carretera. A veces los que parecen animales son las personas.
Siguieron hablando durante un rato y quedaron en verse cuando fueran a recogerlo. Pasó casi un mes y medio desde que Gloria aceptó quedarse con el can, hasta que los voluntarios del refugio pudieron capturar a Pepe. Con este nombre lo bautizaron en el Centro de Acogida. Pepe, como un perro sin dueño, vagabundeaba por los alrededores y aparecía por la gasolinera de vez en cuando. Cuatro veces Laura llamó a los chicos del Refugio diciendo que el perro había vuelto y que podían ir a por él, pero cuando ellos llegaban, se les escapaba como si hubiera estado toda su vida acostumbrado a huir de algo y de alguien. Un día, Pepe apareció hecho una calamidad; se notaba que lo habían tenido atado y le habían pegado. Llegó con las orejas gachas y el rabo entre las patas. Laura sabía que había una pandilla de jóvenes delincuentes que disfrutaban haciendo sufrir a los animales. Cuando lo vio llegar de esa manera se acercó a él y Pepe se dejó acariciar por ella.
-Buen chico, tranquilízate, ya tenemos una persona que te va a querer mucho -le decía mientras le sujetaba con cuidado e iba andando con él hacia el lugar en donde tenía una correa. Por fin se la puso al cuello y, contenta pensando que ya habían terminado sus penas, llamó al Refugio:
-Ya lo tengo; ahora no se escapará porque lo he atado con una correa. Podéis venir a por él.
Al día siguiente, Gloria recibió una llamada de la locutora del programa:
-Gloria, ya tienen al perro, podemos ir a recogerlo.
Al oírla, se puso nerviosa, tenía muchas ganas de tenerlo en casa. Así que se pusieron de acuerdo en el día en que tenían que ir por él: algo la decía que aquello iba a ser su mejor medicina. Era noviembre y hacía bastante fresco; cuando llegaron al Centro de Recogida, el veterinario las estaba esperando con Pepe. El primer momento fue de nervios y de tanteo, tanto por parte de Pepe como por parte de su nueva ama. A ella le pareció un poco más grande de lo que esperaba; de momento le dio un poco de miedo pensar que no pudiese dominarlo, cuando lo sacase a pasear, pero el pobre …¡que delgado estaba! Lo acarició y el perro se dejo hacer; al pasarle la mano por el lomo le notó todas las costillas.
- El perro es de raza grifón, pero tiene algo de sabueso. Le hemos puesto ese nombre pero usted se lo puede cambiar. No sabemos si Pepe habrá adquirido algunos vicios que hagan incompatible su vida en familia, por eso no le hemos colocado el chip todavía- les dijo el veterinario-. Si usted ve que por cualquier causa, no puede hacerse cargo de él, ¡Por favor! nos lo trae otra vez, pero no lo abandone.
-No se preocupe, nunca lo dejaría, tuve un buen maestro; mi padre quería con locura a los animales- ¡Cuánto tiempo había pasado desde entonces!-Lo que sí haré será cambiarle el nombre, en mi casa casi todos los hombres se llamaban Pepe: mi padre, mi tío, mi primo... En fin que el nombre seguro que se lo cambio.
Las dos metieron a Pepe en el coche. No les costó ningún trabajo, le taparon con una manta y se acurrucó tan a gusto. Hacía tiempo que no se sentía así, tan mimado y querido. El viaje lo hicieron sin ningún contratiempo. Iban contentas pensando que el perro también lo estaba. Lo malo fue sacarlo del vehículo cuando llegaron a Madrid. Todavía hay vecinos de Gloria que recuerdan la llegada. La locutora era una persona bastante conocida y ella y Gloria estaban muy graciosas intentando sacarlo del coche a empujones. Pepe se aferraba al asiento sin querer moverse de él. ¡Pobre! pensaba que otra vez iba a empezar su calvario. Por fin, empujándolo de nuevo, pudieron meterlo en el ascensor y con mucho esfuerzo entrarlo en casa.
-Bueno, ya estás en tu nuevo hogar- dijo cerrando la puerta y sentándose casi sin respiración, después del esfuerzo realizado-, veremos si te adaptas a él.
Estuvo acariciándolo durante un rato, después le puso comida, agua y un cojín para que durmiese cómodo. La primera noche, Pepe se quedó en la puerta de entrada y no consintió moverse de allí. Tampoco comió nada, estaba muy asustado, solo bebió agua. Gloria también lo estaba, no sabía cómo iba a resultar la experiencia, si ladraría o lloraría o si se haría pis por el salón. Pero el perro, cuando se acostumbró al calorcito de la calefacción, durmió como un tronco; fue ella la que no pegó ojo en toda la noche. Al día siguiente, muy temprano observó que no se había movido del sitio en dónde lo dejó. Se preparó rápidamente y lo bajó a la calle a hacer pis; no hubo ningún problema. Al poco tiempo llegaron sus hijos para conocerlo y, su hija Virginia, le ayudó a bañarlo; curiosamente se estuvo quietecito mientras estaba en las bañera y cuando le secaban, después fueron al veterinario. Allí eligieron un nombre nuevo: le llamaron Bobby. Ese día Bobby, entro un poco al salón; con mucho cuidado iba oliendo y fisgoneándolo todo. Solo cuando llevaba un día y medio, se acercó a Gloria, que estaba viendo la televisión y, apoyó su cabecita sobre las rodillas de su nueva dueña. A ella se le llenó de alegría el corazón; por fin estaban conectando, Bobby se fiaba de nuevo de la raza humana. A partir de aquel día la vida de los dos cambió mucho, ella prefirió la compañía del pobre animal en lugar de las visitas al psicólogo, los paseos con Bobby en vez del Prozac y el Valium y las tertulias de vecinos con perros, en lugar de las sesiones de diván del psiquiatra. Estas tertulias se dividían en realidad en dos grupos que bajaban a distintas horas. Ella, bajaba unas veces con uno grupo y, otros días con el otro, así que ahora conoce a muchísima gente que antes le eran casi desconocidas. Al vivir en una zona con jardines, sobre todo en verano, las tertulias son muy animadas. Gloria, todas las tardes, camina durante bastante rato acompañada por su nuevo amigo, a veces también va su hija con ellos. Son paseos agradables, sin nadie que la juzgue ni que se interponga en su paz interior, ideales para mejorar su estado de ánimo.
Su amiga Lola, cuando la ve paseando con él, le dice:
-Gloria, todavía no sé si el perro te encontró a ti, o tú encontraste al perro. Ella se ríe y afirma que está segura de que la mejor terapia que podía hacer para recuperar su alegría ha sido encontrar a Bobby. Ahora no se encuentra sola, tiene un compañero de piso que le da amor incondicional, no le exige la nómina y puede ser, a veces, su confidente.
Publicado en la Revista de Enfermería y Humanidades nº 30 CULTURA DE LOS CUIDADOS
Fotografía bajada de Internet.
martes, 20 de marzo de 2012
La prima Vera . Educación infantil
En mi casa todo el mundo
se ha levantado contento
Ante la buena noticia:
¡Viene nuestra prima-Vera ¡
se acabó el aburrimiento.
.
Dicen que es muy divertida
que se viste de colores
y siempre va muy florida..
Esta menos colorido
Pues mucha nieve ha traído
Encima de su equipaje
Esperaré su llegada
mirando por la ventana
El sol me dará en la cara
y me pondré muy contenta
cuando la vea asomar,
gritaré con alegría
¡Ya llega, la prima-Vera!
Pronto me podré bañar.
Os pido disculpas, la poesía no es lo mío, pero no me he podido resistir: la entrada de la primavera y
el día de la poesía, las dos cosas juntas me han inspirado los versos que están encima de estas letras.
Espero que por lo menos os diviertan.
Las fotos son cortesía de Internet.
Mi prima-Vera es muy traviesa y se había llevado una h de mi poesía, pero ya me la ha devuelto. Ahora, todo está en su sito.
lunes, 12 de marzo de 2012
Reposición de El susto de Pinocho, 2º y 3er. Ciclo.
Aprovechando que la bonita tierra valenciana está de fiestas, ahí va mi pequeño homenaje a Las Fallas
En el taller de Vicent, el maestro fallero, se estaban dando los últimos toques a la falla infantil. El taller estaba situado en una gran nave para poder levantar una grúa a una altura respetable en caso de que la Falla lo requiriese.
El tema de este año eran los cuentos infantiles, y los pequeños ninots que representaban a los personajes de los mismos eran muy variados. Se podía ver a Caperucita y al lobo, a Peter Pan y al Capitán Garfio, a Cenicienta, al príncipe, la madrastra y las hermanastras, a Mickey Mouse, a la Sirenita, al pececito Nemo, a la Ratita presumida y a un sinfín de protagonistas más que habían hecho durante muchos años las delicias de los niños de medio mundo.
El maestro fallero estaba terminando el ninot que representaba a Pinocho. Estaba muy orgulloso de lo bonito que le había quedado:
“¡Parece que tiene vida!”, pensó sin querer ofender a los otros; para él todos eran como sus hijos. En ese momento se sintió como Geppeto cuando, al construir a Pinocho y mirarlo detenidamente, pidió que el muñeco de madera se convirtiera en un niño de verdad.
-¡Cosas de cuentos! -dijo para sus adentros. Siguió trabajando, sin darle importancia a los pensamientos que a veces se le pasaban por la cabeza. De sobra sabía él que toda su obra iba a ser devorada por el fuego, y nada ni nadie podría arreglarlo.
Por fin dio por concluido su trabajo. Ahora tenía que esperar a que la colocasen en la calle y que pasase un jurado para ver si le daban algún premio. Si lo conseguía, tenía asegurado el trabajo para las Fallas del próximo año.
Cuando apagó las luces del taller, Vicent se fue a su casa a dormir y soñó que, como en el cuento, el hada miró a Pinocho y lo vio tan perfecto, que lo convirtió en un niño de verdad.
Tan real fue el sueño que se despertó sudando. Se levantó y, aunque todavía no había amanecido, fue a ver cómo estaban sus ninots.
El silencio reinaba en la gran nave. Nadie había entrado, todo estaba como él lo había dejado. Había sido una pesadilla. Era natural, todos los años le pasaba lo mismo en estas fechas. La tensión de la Plantá y el reparto de premios le sacaban de sus casillas. Cerró la puerta y se marchó a su casa.
-¡Mañana será otro día! -exclamó.
Al escuchar el portazo, el hada del cuento se bajó de la falla. Se había colocado en la parte de atrás de la misma como si se tratase de un ninot más, cuando oyó entrar a Vicent.
“¡Menos mal que no se ha dado cuenta, si no buena se habría armado” -pensó.
Buscó a su alrededor y, al ver a Pinocho al lado de Pepito Grillo convertido otra vez en un muñeco de madera, se le llenaron los ojos de lágrimas y…no lo pudo remediar, fue más fuerte que ella Le tocó la cabeza con la varita y Pinocho empezó a respirar, a ver, a escuchar y a sentir dentro de su cuerpo de pasta de papel. Una ola de sensaciones lo iban invadiendo de una forma arrolladora, siendo muy difícil para él poder controlarlas. Sin embargo, comprobó que no se podía levantar ni mover ni tan siquiera hablar. Cuando el Hada se dio cuenta de lo que le ocurría le abrazó y le dijo:
-Lo siento Pinocho, esta vez el prodigio está incompleto, ahora soy más vieja y ya no tengo tanto poder. Solo te he devuelto el alma pero ya no puedo hacer que te muevas ni que vayas por ahí como cualquier niño de tu edad. El poder de las hadas se va perdiendo con la edad, sin embargo no lo he podido resistir, he recordado cuando tu padre me pidió que realizase un milagro contigo y lo he intentado de nuevo.
“De todas maneras, gracias por volverme a dar un poco de vida” -pensó Pinocho.
El hada le entendió y le sonrió. Le volvió a besar en la frente y desapareció. A Pinocho le daba igual que la magia de su hada buena hubiera disminuido; él quería ver y sentir todo aquello de las fallas. Le había cogido cariño a Vicent y quería entender por qué se emocionaba tanto cuando las estaba construyendo.
Llegó el día de la plantá y Vicent empezó a preparar todos los elementos de su falla para llevárselos a su ubicación definitiva. Por un lado puso los ninots en una furgoneta, bien colocados, para que no se rompiese ninguno y, por otro, en una camioneta, la plataforma en donde iban a estar situados definitivamente.
Estuvieron callejeando durante un rato. Las calles de Valencia estaban animadísimas. Pinocho iba en la parte de arriba de la furgoneta y miraba con admiración todo lo que ocurría a su alrededor. Vio un edificio que le parecía el esqueleto de una gran ballena; ¡le recorrió un escalofrío por su pequeño cuerpo! Recordó lo que vivió con su padre en el interior del estómago de un animal parecido. A continuación, vieron otro que parecía un casco gigante. ¡Qué edificaciones tan artísticas! ¡Cómo le gustaba esa ciudad!
Llegaron al sitio indicado y los depositaron en el suelo. Se formó una gran algarabía a su alrededor, los falleros se acercaron por allí y siguiendo las órdenes del maestro dejaron todo totalmente terminado.
Vicent la miró orgulloso y dijo:
-¡Este año hemos hecho una gran falla! ¡Seguro que nos llevamos un premio! –exclamó.
“¡Madre mía, un premio, qué emocionante es todo esto!” -pensó Pinocho.
Mientras, se fueron formando grupos de personas. Charlaban y charlaban y Pinocho disfrutaba viendo la animación y los comentarios que los ninots provocaban. Pinocho era feliz.
Delante de él pasaban sin cesar distintos personajes que Pinocho observaba como si la falla estuviese fuera y las personas fuesen los ninots en vez de lo contrario.
La gente no tenía ganas de irse a dormir, pero se hizo de noche y todo se tranquilizó. Se fueron marchando a sus casas y él pudo descansar.
Al día siguiente, observó otra vez un gran alboroto,era la Junta Central Fallera que venía a otorgar los premios. Efectivamente les gustó mucho la falla y Vicent obtuvo el 2º premio. ¡Todos estaban muy contentos!
Durante unos días, Pinocho tuvo la sensación de estar ante un escaparate. Delante de él se realizaban montones de actividades para los niños.
Todas las mañanas, la despertá; por las tardes hacían chocolatás con buñuelos de calabaza:
-¡Tienen que estar buenísimos! -decía Pinocho, viendo a la gente que se relamía de gusto cuando los comían.
-¡Que divertidas son las Fallas!-no paraba de repetir. De vez en cuando oía hablar de la Cremá, pero él estaba tranquilo, no sabía lo que eso significaba.
-¡Llegó la noche señalada! -oyó decir al maestro Vicent. Había más animación que de costumbre alrededor suyo.
-Ya es la hora ¿Cuánto tiempo le queda por venir al pirotécnico? -preguntó un hombre muy serio.
-No creo que le falte mucho. Vamos a ir colocando la pólvora para ir adelantando.
Dicho esto, empezaron a preparar alrededor de los ninots unos paquetitos liados en papel y atados unos a otros por una mecha. La gente que los vio empezó a aplaudir y los niños que estaban por allí cerca decían:
-¡Bravo, bravo, la traca, están poniendo la traca!
Pinocho oía todo esto sin entender lo que era una traca, ni lo que iba a ocurrir a continuación. Desde su sitio miraba todo lo que le rodeaba con mucho interés.
“¡Anda, ha venido el maestro fallero! ¡Hola Vicent!” pensó muy contento.
Vicent hablada animadamente con algunas personas que estaban a su alrededor
-¡Qué pena que todo esto se queme! –comentaban las falleras.
-Es verdad, si por mí fuera no quemaría ningún ninot –dijo la fallera infantil.
-¿¡Eh!? ¿¡ Qué es lo que han dicho!? Me ha parecido oír que toda la falla se va a quemar . ¿¡Cómo es posible!? ¡Voy a arder como si fuera un trozo de leña echado a una chimenea! ¡No puede ser, no quiero que me quemen! “Maestro ¡tú no puedes consentir que tu obra se convierta en cenizas” -pensaba dirigiéndose a Vicent. Y estos ninots que están aquí a mi lado, tan tranquilos... Vaya una faena que me ha hecho el hada buena. ¡Si al menos pudiera salir corriendo! pero no puedo mover las piernas, solo puedo sentir. ¡Es terrible!
Pinocho empezó a sufrir como nunca lo había hecho. Había vivido numerosos peligros durante su vida anterior, pero ninguno le pareció tan grande como el que le acechaba en ese momento. Sin saber cómo, Pinocho empezó a llorar silenciosamente. Las lágrimas se deslizaban por sus mejillas como si algunas gotas de lluvia le hubiesen caído desde el cielo.
Amparito, la fallera mayor infantil, estaba observando a todos los ninots y al ver lo que estaba ocurriendo con Pinocho, dijo:
-Papá ese ninot está tan bien hecho que parece que está llorando, ¡no quiero que lo quemen!
-Ya sabes que a la fallera mayor infantil le dejan que elija algún ninot de recuerdo. Puedes indultar a Pinocho y quedártelo si es que te gusta tanto.
Pinocho al oír eso se tranquilizó un poco, pero solo un poco. De sobra sabía que los niños cambian de parecer en un segundo. Seguía tan nervioso que no paraba de llorar. Los niños que estaban a su alrededor decían:
-¡Mirad, mirad! ¡Pinocho parece que está llorando de verdad!
Su amiga Amparito decía:
-¡Papá, papá, está llorando! Solo ella y los demás niños, se habían dado cuenta del sufrimiento de Pinocho.
Por fin apareció un grupo de falleros y falleras acompañados de una banda de música organizando un gran alboroto y se colocaron alrededor de la falla.El presidente de la misma dijo a Amparito:
-Ya sabes que te puedes quedar con algún ninot. ¿Cuál te gusta? ¿Quieres a Caperucita, a Cenicienta…? Cualquiera de las dos, son preciosas.
Pinocho empezó a sudar. ¡Tenía mucho miedo! ¿Y si no se decidía por él?
Pinocho gritaba sin voz:
-Elígeme a mí, elígeme a mí. Pero ella no le oía.
La niña de quedó observando a todos los ninots y por fin dijo:
-No, ¡quiero a Pinocho y a Pepito Grillo!
A Pinocho le dio un vuelco el corazón. Se sintió elevado por los aires y una voz dijo:
-Amparito, toma tu Pinocho.
Todo el mundo aplaudió. Le depositaron en sus brazos y él se sintió como en el paraíso. Lo que vino a continuación no le interesó para nada a nuestro protagonista, ni los fuegos artificiales, ni las tracas, ni los bomberos, ni las bandas de música ni el fuego. El susto que se había llevado le había agotado tanto, que pasado el peligro, le fue entrando un gran sopor.
“¡Qué sueño tengo!” –pensó.
Una sensación de mareo le fue invadiendo hasta que entró en un profundo letargo y se quedó totalmente dormido. El hechizo del hada estaba desapareciendo y Pinocho volvía a ser un muñeco de verdad.
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Las ilustraciones están bajadas de Internet.
En el taller de Vicent, el maestro fallero, se estaban dando los últimos toques a la falla infantil. El taller estaba situado en una gran nave para poder levantar una grúa a una altura respetable en caso de que la Falla lo requiriese.
El tema de este año eran los cuentos infantiles, y los pequeños ninots que representaban a los personajes de los mismos eran muy variados. Se podía ver a Caperucita y al lobo, a Peter Pan y al Capitán Garfio, a Cenicienta, al príncipe, la madrastra y las hermanastras, a Mickey Mouse, a la Sirenita, al pececito Nemo, a la Ratita presumida y a un sinfín de protagonistas más que habían hecho durante muchos años las delicias de los niños de medio mundo.
El maestro fallero estaba terminando el ninot que representaba a Pinocho. Estaba muy orgulloso de lo bonito que le había quedado:
“¡Parece que tiene vida!”, pensó sin querer ofender a los otros; para él todos eran como sus hijos. En ese momento se sintió como Geppeto cuando, al construir a Pinocho y mirarlo detenidamente, pidió que el muñeco de madera se convirtiera en un niño de verdad.
-¡Cosas de cuentos! -dijo para sus adentros. Siguió trabajando, sin darle importancia a los pensamientos que a veces se le pasaban por la cabeza. De sobra sabía él que toda su obra iba a ser devorada por el fuego, y nada ni nadie podría arreglarlo.
Por fin dio por concluido su trabajo. Ahora tenía que esperar a que la colocasen en la calle y que pasase un jurado para ver si le daban algún premio. Si lo conseguía, tenía asegurado el trabajo para las Fallas del próximo año.
Cuando apagó las luces del taller, Vicent se fue a su casa a dormir y soñó que, como en el cuento, el hada miró a Pinocho y lo vio tan perfecto, que lo convirtió en un niño de verdad.
Tan real fue el sueño que se despertó sudando. Se levantó y, aunque todavía no había amanecido, fue a ver cómo estaban sus ninots.
El silencio reinaba en la gran nave. Nadie había entrado, todo estaba como él lo había dejado. Había sido una pesadilla. Era natural, todos los años le pasaba lo mismo en estas fechas. La tensión de la Plantá y el reparto de premios le sacaban de sus casillas. Cerró la puerta y se marchó a su casa.
-¡Mañana será otro día! -exclamó.
Al escuchar el portazo, el hada del cuento se bajó de la falla. Se había colocado en la parte de atrás de la misma como si se tratase de un ninot más, cuando oyó entrar a Vicent.
“¡Menos mal que no se ha dado cuenta, si no buena se habría armado” -pensó.
Buscó a su alrededor y, al ver a Pinocho al lado de Pepito Grillo convertido otra vez en un muñeco de madera, se le llenaron los ojos de lágrimas y…no lo pudo remediar, fue más fuerte que ella Le tocó la cabeza con la varita y Pinocho empezó a respirar, a ver, a escuchar y a sentir dentro de su cuerpo de pasta de papel. Una ola de sensaciones lo iban invadiendo de una forma arrolladora, siendo muy difícil para él poder controlarlas. Sin embargo, comprobó que no se podía levantar ni mover ni tan siquiera hablar. Cuando el Hada se dio cuenta de lo que le ocurría le abrazó y le dijo:
-Lo siento Pinocho, esta vez el prodigio está incompleto, ahora soy más vieja y ya no tengo tanto poder. Solo te he devuelto el alma pero ya no puedo hacer que te muevas ni que vayas por ahí como cualquier niño de tu edad. El poder de las hadas se va perdiendo con la edad, sin embargo no lo he podido resistir, he recordado cuando tu padre me pidió que realizase un milagro contigo y lo he intentado de nuevo.
“De todas maneras, gracias por volverme a dar un poco de vida” -pensó Pinocho.
El hada le entendió y le sonrió. Le volvió a besar en la frente y desapareció. A Pinocho le daba igual que la magia de su hada buena hubiera disminuido; él quería ver y sentir todo aquello de las fallas. Le había cogido cariño a Vicent y quería entender por qué se emocionaba tanto cuando las estaba construyendo.
Llegó el día de la plantá y Vicent empezó a preparar todos los elementos de su falla para llevárselos a su ubicación definitiva. Por un lado puso los ninots en una furgoneta, bien colocados, para que no se rompiese ninguno y, por otro, en una camioneta, la plataforma en donde iban a estar situados definitivamente.
Estuvieron callejeando durante un rato. Las calles de Valencia estaban animadísimas. Pinocho iba en la parte de arriba de la furgoneta y miraba con admiración todo lo que ocurría a su alrededor. Vio un edificio que le parecía el esqueleto de una gran ballena; ¡le recorrió un escalofrío por su pequeño cuerpo! Recordó lo que vivió con su padre en el interior del estómago de un animal parecido. A continuación, vieron otro que parecía un casco gigante. ¡Qué edificaciones tan artísticas! ¡Cómo le gustaba esa ciudad!
Llegaron al sitio indicado y los depositaron en el suelo. Se formó una gran algarabía a su alrededor, los falleros se acercaron por allí y siguiendo las órdenes del maestro dejaron todo totalmente terminado.
Vicent la miró orgulloso y dijo:
-¡Este año hemos hecho una gran falla! ¡Seguro que nos llevamos un premio! –exclamó.
“¡Madre mía, un premio, qué emocionante es todo esto!” -pensó Pinocho.
Mientras, se fueron formando grupos de personas. Charlaban y charlaban y Pinocho disfrutaba viendo la animación y los comentarios que los ninots provocaban. Pinocho era feliz.
Delante de él pasaban sin cesar distintos personajes que Pinocho observaba como si la falla estuviese fuera y las personas fuesen los ninots en vez de lo contrario.
La gente no tenía ganas de irse a dormir, pero se hizo de noche y todo se tranquilizó. Se fueron marchando a sus casas y él pudo descansar.
Al día siguiente, observó otra vez un gran alboroto,era la Junta Central Fallera que venía a otorgar los premios. Efectivamente les gustó mucho la falla y Vicent obtuvo el 2º premio. ¡Todos estaban muy contentos!
Durante unos días, Pinocho tuvo la sensación de estar ante un escaparate. Delante de él se realizaban montones de actividades para los niños.
Todas las mañanas, la despertá; por las tardes hacían chocolatás con buñuelos de calabaza:
-¡Tienen que estar buenísimos! -decía Pinocho, viendo a la gente que se relamía de gusto cuando los comían.
-¡Que divertidas son las Fallas!-no paraba de repetir. De vez en cuando oía hablar de la Cremá, pero él estaba tranquilo, no sabía lo que eso significaba.
-¡Llegó la noche señalada! -oyó decir al maestro Vicent. Había más animación que de costumbre alrededor suyo.
-Ya es la hora ¿Cuánto tiempo le queda por venir al pirotécnico? -preguntó un hombre muy serio.
-No creo que le falte mucho. Vamos a ir colocando la pólvora para ir adelantando.
Dicho esto, empezaron a preparar alrededor de los ninots unos paquetitos liados en papel y atados unos a otros por una mecha. La gente que los vio empezó a aplaudir y los niños que estaban por allí cerca decían:
-¡Bravo, bravo, la traca, están poniendo la traca!
Pinocho oía todo esto sin entender lo que era una traca, ni lo que iba a ocurrir a continuación. Desde su sitio miraba todo lo que le rodeaba con mucho interés.
“¡Anda, ha venido el maestro fallero! ¡Hola Vicent!” pensó muy contento.
Vicent hablada animadamente con algunas personas que estaban a su alrededor
-¡Qué pena que todo esto se queme! –comentaban las falleras.
-Es verdad, si por mí fuera no quemaría ningún ninot –dijo la fallera infantil.
-¿¡Eh!? ¿¡ Qué es lo que han dicho!? Me ha parecido oír que toda la falla se va a quemar . ¿¡Cómo es posible!? ¡Voy a arder como si fuera un trozo de leña echado a una chimenea! ¡No puede ser, no quiero que me quemen! “Maestro ¡tú no puedes consentir que tu obra se convierta en cenizas” -pensaba dirigiéndose a Vicent. Y estos ninots que están aquí a mi lado, tan tranquilos... Vaya una faena que me ha hecho el hada buena. ¡Si al menos pudiera salir corriendo! pero no puedo mover las piernas, solo puedo sentir. ¡Es terrible!
Pinocho empezó a sufrir como nunca lo había hecho. Había vivido numerosos peligros durante su vida anterior, pero ninguno le pareció tan grande como el que le acechaba en ese momento. Sin saber cómo, Pinocho empezó a llorar silenciosamente. Las lágrimas se deslizaban por sus mejillas como si algunas gotas de lluvia le hubiesen caído desde el cielo.
Amparito, la fallera mayor infantil, estaba observando a todos los ninots y al ver lo que estaba ocurriendo con Pinocho, dijo:
-Papá ese ninot está tan bien hecho que parece que está llorando, ¡no quiero que lo quemen!
-Ya sabes que a la fallera mayor infantil le dejan que elija algún ninot de recuerdo. Puedes indultar a Pinocho y quedártelo si es que te gusta tanto.
Pinocho al oír eso se tranquilizó un poco, pero solo un poco. De sobra sabía que los niños cambian de parecer en un segundo. Seguía tan nervioso que no paraba de llorar. Los niños que estaban a su alrededor decían:
-¡Mirad, mirad! ¡Pinocho parece que está llorando de verdad!
Su amiga Amparito decía:
-¡Papá, papá, está llorando! Solo ella y los demás niños, se habían dado cuenta del sufrimiento de Pinocho.
Por fin apareció un grupo de falleros y falleras acompañados de una banda de música organizando un gran alboroto y se colocaron alrededor de la falla.El presidente de la misma dijo a Amparito:
-Ya sabes que te puedes quedar con algún ninot. ¿Cuál te gusta? ¿Quieres a Caperucita, a Cenicienta…? Cualquiera de las dos, son preciosas.
Pinocho empezó a sudar. ¡Tenía mucho miedo! ¿Y si no se decidía por él?
Pinocho gritaba sin voz:
-Elígeme a mí, elígeme a mí. Pero ella no le oía.
La niña de quedó observando a todos los ninots y por fin dijo:
-No, ¡quiero a Pinocho y a Pepito Grillo!
A Pinocho le dio un vuelco el corazón. Se sintió elevado por los aires y una voz dijo:
-Amparito, toma tu Pinocho.
Todo el mundo aplaudió. Le depositaron en sus brazos y él se sintió como en el paraíso. Lo que vino a continuación no le interesó para nada a nuestro protagonista, ni los fuegos artificiales, ni las tracas, ni los bomberos, ni las bandas de música ni el fuego. El susto que se había llevado le había agotado tanto, que pasado el peligro, le fue entrando un gran sopor.
“¡Qué sueño tengo!” –pensó.
Una sensación de mareo le fue invadiendo hasta que entró en un profundo letargo y se quedó totalmente dormido. El hechizo del hada estaba desapareciendo y Pinocho volvía a ser un muñeco de verdad.
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Las ilustraciones están bajadas de Internet.
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