Queridos niños, lo primero de todo es advertiros que esto no es un cuento;lo que escribo aquí es lo que se siente cuando se tienen mascotas
en casa; se les coge tanto cariño, que cuando nos abandonan se nos encoge un poquito el corazón. Solo su recuerdo
nos alegrará de nuevo.
La foto de Cleo la he cogido de internet
gracias a un señor que se llama FANCES 300 y que la ha subido a su blog. Le doy las gracias por poder
usarla para adornar mis pensamientos. Mañana, 1 de marzo pondré dos cuentos
preciosos que seguro os gustarán.
Toyo
Me sentaba delante de la pecera cuando estaba cansada y me relajaba verlo bailar su incansable coreografía acuática. Su cola, abanico de tul, acariciaba el agua de la pecera desde hacía ya tres años.
Al mirarlo, evocaba a Cleo, la pececita de Pinocho, porque Cleo era chica, y volvía a mi infancia.Yo le decía a mi hija:
-Paloma, ¿por qué le has puesto ese nombre tan feo?
-Mamá, te lo he dicho muchas veces. La urbanización en dónde estaba la feria se llamaba así, Toyo.
A mí me daba igual, yo siempre la llamaba Cleo como en el cuento.
Mi hija lo trajo una tarde de verano metido en una bolsa de plástico en el coche de línea desde Almería.
-Me ha tocado en la feria-, nos dijo-. En un puesto de tiro al blanco.
Nadie de la familia daba un duro por él; pensamos que no viviría, tan chico, no más grande que el gajo de una mandarina, del mismo color. Sin embargo empezaron a pasar los días, unos tras otros y él siguió trazando círculos y más círculos en su globo de agua, infatigablemente siempre alegre. Era un trocito de vida de color anaranjado.
Aumentamos el tamaño de la pecera según él fue creciendo y nos conocía. Cuando nos acercábamos se asomaba al borde del agua y esperaba que le echásemos comida.
Hace poco quisimos mejorar sus condiciones de vida. En el cumpleaños de Paloma, mi hija mayor, Mayca, le compró un acuario más grande, con plantas naturales y todo. Un pedacito de mundo acuático encerrado en un prisma de cristal. También le trajo otros compañeros.
Toyo, Cleo para mí, al principio nadaba entre las plantas como loca; se le notaba que disfrutaba al tener más espacio. Sin embargo le molestaban sus compañeros. Siempre sola, no aceptaba bien la compañía, se había convertido en un pez mal criado.
Algo empezó a ir mal, le salió una mancha roja en la aleta dorsal y sus movimientos tan ligeros se volvieron pesados, hasta se quedaba quieta en la superficie como si ya no le sirviese el agua y quisiera respirar aire. Al final no se mantenía erguida, empezó a inclinarse como un navío dañado por una tormenta hasta que dejó de respirar y murió.
Una cosa tan pequeña y todos la echamos de menos; ya no tendré su consuelo cuando me siente buscando la gracia de su ballet. El acuario se ha quedado casi vacío. ¡Pobre Cleo!

